Feliza Bursztyn: Revolucionaria de la Chatarra


Por: Lady Carolina Díaz

Su aparición en el mundo del arte es recordada como una sacudida al panorama casi inerte de las esculturas colombianas en 1958, luego de la cual estableció su sello personal caracterizado por la anarquía de las formas



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Feliza Bursztyn quería vivir y morir en Bogotá, pero la muerte le llegó en París un viernes a las 10:15 p.m., mientras sus ojos recorrían el menú de un restaurante al que había asistido en compañía de su esposo Pablo Leyva, y sus amigos Gabriel García Márquez, su esposa Mercedes Barcha, Enrique Santos Calderón y María Teresa Rubino.


Pese a su amor por la capital colombiana tuvo que abandonar el país seis meses antes de su muerte porque luego de allanar su casa, un alto oficial de las Fuerzas Armadas, que nunca se identificó, afirmó tener pruebas de que Feliza Bursztyn era intermediaria entre los dirigentes cubanos y el grupo insurgente Movimiento 19 de abril (M-19). Incluso se sospechó, por sus ideas de izquierda, que en la casa de Bursztyn podía estar la espada de Simón Bolívar que había sido sustraída de la Quinta de Bolívar el 17 de enero de 1974.


En efecto, Feliza Bursztyn había emprendido una revolución en Colombia, pero no con armas sino con yeso, chatarra, tornillos, puntillas y cuanto material desechable se le presentara en el camino: Feliza Bursztyn era artista.



Albores


Acaecía el año de 1958 entre la apertura del Congreso, luego de diez años de clausura, y la elección de Alberto Lleras Camargo como nuevo presidente, cuando Feliza Bursztyn sacudió por primera vez el anticuado panorama de las esculturas colombianas con figuritas de yeso destratadas que, según Marta Traba , evocaban la línea romántica de Giacometti-Germaine Richier.


En ese momento, Edgar Negret y Eduardo Ramírez Villamizar, que se perfilaban como figuras destacadas de la escultura, excluían de su campo de volúmenes cualquier versión de la figura humana o equivalentes orgánicos. Sin embargo Bursztyn, una mujer a contracorriente, continuó trabajando la figura humana en sus figuritas de alambre y yeso hasta los años sesenta.


Feliza Bursztyn no trabajaba como una vanguardista, tampoco estaba empeñada en crear algo distinto. Marta Traba sostiene que en muchas ocasiones intentaron presentar a la artista como “plagiadora encubierta” por su desdén hacia la originalidad y la convicción de que el mundo contemporáneo de las formas es un autoservicio donde cada cual se procura lo que le conviene y lo que interesa es el uso inteligente y sensible que se haga de dichos insumos adquiridos.


En 1961, Bursztyn optó por las chatarras como materia prima de sus esculturas, lo que posteriormente la hizo acreedora de apelativos como “chatarrera” que el artista Luis Alberto Acuña le asignó. Aunque por ese mismo periodo la tendencia de la chatarra apareció en otras partes del mundo las razones por las que Bursztyn se inclinó por este material obedecen a motivos más personales y solitarios; “al hallazgo de un material loco y prácticamente inagotable, proteiforme e imprevisible, cuyas variables carecen de límite”, según afirma Marta Traba.








Con la chatarra Feliza Bursztyn también inauguró su sello personal que Traba define como “el desorden ordenado”, ya que según la crítica las estructuras que propone la artista carecen de orden y se convierten en “patrón antagónico a los modelos tradicionales”. En este sentido se reconoce el desorden como una categoría de su obra, no como accidente o proyectos dejados a la improvisación o a la arbitrariedad del momento.


De esta manera, la mayor proeza de Bursztyn consiste en lograr que la chatarra contenga dentro de sí misma vitalidad y refleje la posibilidad de existir.


Construyó un monumento público al ex presidente de Colombia Alfonso López Pumarejo, el cual iba a ser ubicado en una zona boscosa de la Universidad Nacional, pero dicho proyecto no se llevó a cabo porque el conservatismo natural de la sociedad colombiana no lo legitimó. También realizó un monumento a Gandhi que ahora está ubicado sobre la carrera séptima con calle 100, en Bogotá.


Con el paso del tiempo se incorpora plenamente a su obra el tratamiento directo de los metales por lo que los hierros, alambres, virutas de hacer, láminas, soportes de teclado, se hacen más frecuentes en sus obras. Tres de sus expresiones artísticas más importantes las encontramos en “Histéricas” “Camas” y sus ulteriores mini esculturas donde Bursztyn explora la zona de su mayor curiosidad: los comportamientos.


En 1966 Bursztyn se tomó parte del Museo de Arte Moderno de Bogotá con su obra “Histéricas” que consistía en un conjunto de esculturas en láminas de metal, movidas por motores que emitían un ruido enloquecedor que sonaban en simultánea con la proyección de la película “Histéricas” de Luis Ernesto Arocha. Marta Traba afirma que “lo que busca Feliza Bursztyn en las “histéricas” es recortar esa totalización de la vida que significaron las chatarras y señalar formas vitales más precisas… “las histéricas” actúan con la misma arbitrariedad y desenfado de los seres vivos, gracias a los gestos que les impone sus motores respectivos.”


Por otro lado Bursztyn inaugura e 1968 “las camas”. En esta exposición dispone camas con volúmenes cubiertos por paños satinados de colores brillantes, a las que imprimió movimiento con motores, lo que insinuaba cuerpos haciendo el amor. Esta obra causa más polémica que impacto artístico y Marta Traba junto con Hernando Valencia Goelkel las califican como “chistes repetidos” que interpretaron como una “gran broma triste que divertía a Feliza más que a nadie”.



La última etapa de su obra fueron las miniesculturas creadas a partir de materiales desechables se tratan como si fueran delicados y preciosos y algunos se cubren con pintura dorada y plateada.


Aquel viernes 24 de julio de 1981, regresaba de una exposición en la Casa de las Américas en Cuba, cuando encontró en horas de la madrugada hombres que, vestidos de civil y ruanas bajos las cuales guardaban los fusiles, allanaron su casa y socavaron entre su paraíso de chatarra, tornillos, tuercas y demás las razones que la condenarían al exilio.







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